jueves, 3 de mayo de 2007

EL TAMBO-HUACA DEL MAUCO

Hacia una interpretación de la ocupación inka en Chile central desde la perspectiva de Suelo Americano.
PARTE VI
¿Qué hacer con la ruina?
Pregunta imposible a modo de conclusión

Al principio de esta exposición nos referimos a dos muertos que se encontraban uno al principio y otro al final de nuestro viaje. Del primero ya hemos hablado. El Observador de Quillota señala que se cree se trataría de un ermitaño que habitaba el cerro pues no existe denuncia por presunta desgracia relacionada con sus características.

El otro nos recibió al regreso mientras bajábamos por la calle que es también prolongación del camino del inka y que entra a Colmo para cruzar el río. Antes de cruzar la línea del tren, vimos gran multitud en el pueblo, como si aconteciese un evento importante. La cantidad de gente, micros y autos era absolutamente inusual para un día domingo en un pueblo que ni siquiera cuenta con un boliche en donde tomar una cerveza. Pensamos en un partido de fútbol clásico para el lugar entre un Deportivo Mauco y el Tricolor de Paine o algo así. Finalmente detrás de una micro estacionada frente a una sede social, vimos el carro fúnebre con un par de coronas de flores. El escenario era impactante, pues la pequeña sede estaba repleta de gente que entraba y salía, niños jugando, lo mismo la calle, con gente que iba y venía y que se adivinaba que no era de o ya no vivía en el lugar. La cancha aledaña a la sede social estaba llena de niños de distintas edades jugando a correr y pillarse.

A un hombre de unos sesenta años y que estaba muy triste de pie a un lado de la carroza fúnebre, mirando en la dirección desde donde nosotros veníamos, tiznados por el Mauco incendiado y muy cansados, le preguntamos algo que para él tal vez resultaba lógico en ese momento y para nosotros resultaba una obligación por nuestra irrupción. “Carlos Ureta – me respondió – nacido y criado, un antiguo de acá. Era muy querido, mire la gente. Murió ayer, yo soy su primo”. Le dimos las condolencias porque sentimos era lo que correspondía, y nos dispusimos a esperar la locomoción que nos sacaría del pueblo para llevarnos de regreso. El viaje para nosotros había terminado. Al menos eso creímos. Pero en la larga espera sentados en una banca de una casa ubicada cerca del puente, mirando la antigua casona de la hacienda de Santa Rosa de Colmo que es “monumento nacional” y desde donde Benjamín Vicuña Mackenna inició su expedición al Mauco en 1883, comenzaron los movimientos de gente y vehículos para llevar a don Carlos Ureta al cementerio. No iba hacia Manzanares como supusimos en un principio, sino a algún lugar al otro lado del río, en dirección a Con Con. Supimos más tarde, ya de regreso en Santiago, que el tal Carlos Ureta era un viajero habitual a la cumbre del Mauco, que tenía mucho conocimiento del lugar e incluso cuentan que era aquel mentado señor que arrendaba caballos para el ascenso. Pues ahora este señor lo estaban cruzando el río, iba rumbo al sur, chimpeando. ¿Se vería el Mauco desde su nueva morada?

Se nos aparecieron entonces las edades contemporáneas de Colmo, en la que Manzanares ya no es destino y en donde la relación con la ciudad de Con Con se hace muy importante pues su cercanía a los servicios lo hace más práctico que cualquier otro pueblo. Lo contemporáneo en donde le crece a la casona un silo de hormigón enorme al costado. Lo contemporáneo que nos plantea la pregunta ¿qué hacer con la ruina?

Y aparecen más preguntas. ¿Es nueva esta relación intangible que establecen los muertos con el otro lado del río? ¿O era acaso un tránsito regular en tanto el Camino chimpeaba en este lugar? ¿No son la casona de Santa Rosa de Colmo y el Tambo-Huaca del Mauco dos extremos de un mismo camino?

El tiempo circular nos maravilla con su perfección, en la que uno se mueve de muerto a muerto o de ruina a ruina, pero también uno va entendiendo unas vivificaciones que se convidan sus modos de entender la realidad. Por supuesto que Colmo nos da noticia de Mauco y viceversa, porque ambos se generan en un cruce de caminos: uno en el cruce entre una huaca con el camino que viene cresteando por los cerros, lo que origina un tambo; otro en el cruce entre el camino que baja del tambo hacia el sur con un río, lo que origina un puente. Lo que hay que hacer con las ruinas por lo tanto es incorporarlas al estudio del pueblo o los pueblos a los que están relacionadas, porque aún es posible reconocer una sabiduría implícita que da claves para proyectar una arquitectura propia del lugar. Es en este reconocimiento en donde se harán vigentes tanto las ruinas prehispanas como las coloniales o las republicanas. Porque esta es una carrera de postas en donde la arquitectura que de algún modo origina lugares, nos da herramientas para continuar una tradición de ocupación que se haga contemporánea.

Así también es la posta del viaje por el Suelo Americano, en la que el mismísimo Carlos Ureta nos entregó un sábado 24 de mayo, como gesto definitivo en este cruce de caminos, un instante antes de que el tren de Ventanas a San Pedro nos despidiera, cerrando la calle durante un kilómetro completo con ruedas y todo, el secreto de cómo hacer para llegar a la cumbre del Mauco, porque sabía que para el día siguiente él ya estaría sepultado.

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